Autora
Liliana Arroyo Moliner
Dra. en Sociología. Especialista en innovación social digital, docente e investigadora en ESADE. Además de su experiencia en docencia, consultoría y divulgación, fue Directora General de Societat Digital en la Generalitat Catalunya (2022- 2024). Participa habitualmente en medios de comunicación y su primer ensayo es “Tú no eres tu selfie” (2020).
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Las narrativas de la Inteligencia Artificial (IA) a menudo se alinean con la optimización, la eficiencia o la reducción de costes. La lógica productiva encaja con la IA como herramienta de mejora de la gestión administrativa. Hace falta un marco completamente distinto si hablamos de educación, de acompañar procesos de aprendizaje y crecimiento.
El ámbito de la personalización es claramente una frontera alentadora, pero para una disrupción empática, necesitamos un encuadre desde la lógica emocional y la generación de vínculos. Vamos a tomar este artículo como un espacio de imaginación tecnooptimista, una invitación a pensar cómo el uso proporcionado y con propósito de la IA en educación nos permitiría un salto cualitativo en la revolución de la empatía. Exploremos los componentes de la empatía y veamos cuáles requieren humanidad y cuáles podemos aumentar y disrumpir gracias a la Inteligencia Artificial. Todo ello se traduce en hacernos nuevas preguntas, o incluso imaginarnos robots equipados de Empatía Artificial (EA). Para muestra, dos botones: ¿Qué papel puede jugar la IA para el fomento de la empatía entre docentes y alumnado? Sabemos también que la IA actualmente es sesgada, ¿podemos poner la imperfección al servicio de la capacidad de cuestionar y de la puesta en práctica del pensamiento crítico?