JOSEP RAMON PLANAS
COLABORADOR DE ESPIRAL Y ESCUELA21. DISEÑADOR DE MATERIALES DIGITALES.
Uno de los principales problemas de la educación actual, si no el mayor, es la falta de motivación del estudiantado. Aunque hay diferencias entre distintos grupos socioeconómicos que parecen sugerir que esta falta de motivación puede depender de las expectativas del alumnado respecto al retorno del esfuerzo de aprender en forma de un futuro trabajo y estabilidad, podemos decir que la falta de motivación es un problema general. Es en este aspecto donde la evaluación puede ser una gran ayuda. Por otro lado, no tenemos una cultura de crecimiento personal gratuito, es decir, nuestro alumnado no valora aquello que no les va a proporcionar algún tipo de recompensa inmediata. Frente a cualquier cosa que se les pide, suele aparecer la consabida pregunta: ¿Esto vale para nota? Ahora que sabemos que nuestros alumnos y alumnas no están motivados y que no valoran el aprendizaje como un objetivo, ya podemos plantearnos el sentido de la evaluación, y este no puede ser otro que motivar y acompañar. Motivar es fundamental; el primer principio de cualquiera que desee dedicarse a la enseñanza es que su alumnado, como mínimo, no odie su asignatura. Recuerdo que, en mi juventud, siendo profesor de química en 3.º de la ESO, confeccioné un póster con la leyenda “No quiero que aprendas química, quiero que la química sea tu vida”. Soñar es gratis y, puestos a pedir algo, siempre es mejor no quedarse corto. Una vez establecido el objetivo, vamos a hablar de los medios para conseguirlo. Todo lo que haga el estudiantado debe ser valorado. Ya hemos visto que el alumnado no trabaja en balde y hay que darles recompensas en todo lo que hagan. Las recompensas deben ser motivadoras. Aquí funciona muy bien el método sándwich: primero mencionar lo que han hecho bien, luego las propuestas de mejora y finalmente algún tipo de elogio o frase motivadora.

Si se valoran todos los trabajos del alumnado, pierde sentido realizar algún tipo de prueba final. Evidentemente, es muy recomendable llevar a cabo una evaluación inicial, pero la información que se derive no tiene por qué ser compartida con el alumnado. El punto de partida sirve para saber la evolución de cada alumna y cada alumno, pero solo si se compara con las valoraciones del desempeño posteriores al comienzo del curso. Decirles que tienen una mala base es empezar poniéndonos palos en las ruedas. Es mejor esperar a tener los primeros resultados para poderle decir que ha mejorado respecto a sus conocimientos iniciales. El sistema de calificación debería ser lo más sencillo posible e ir acompañado de algún comentario personal. Si puntuamos todo lo que los alumnos hacen, no podemos empezar a perder el tiempo en decidir si les ponemos un 6,5 o un 7. Los trabajos están bien, pueden mejorarse o no se han entregado. El sistema puede conectarse a una capa de gamificación. La gamificación suele dar buenos resultados y, aunque no todos los alumnos reaccionan de igual manera, la mayoría responde positivamente.

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